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mujer jadeó una vez, dos, y el cántico se convirtió en un aullido estremecedor, cargado
de sufrimiento.
Y las llamas llegaron a su Drogo, y lo envolvieron. Las ropas se prendieron, y
durante un instante el khal quedó envuelto en jirones de seda anaranjada y tentáculos de
humo, grises y aceitosos. Dany entreabrió los labios, descubrió que estaba conteniendo
el aliento. Una parte de ella quería ir con Drogo, tal como había temido Ser Jorah,
precipitarse entre las llamas, suplicarle su perdón y acogerlo en su interior por última
vez mientras el fuego fundía la carne sobre los huesos y los unía para siempre.
Le llegó el olor de la carne quemada, no era tan diferente del de la carne de
caballo al asarse en la hoguera. La pira rugió en el ocaso cada vez más cerrado como
una bestia inmensa que ahogara los gritos débiles de Mirri Maz Duur y lanzara al aire
lenguas de llamas que lamían el vientre de la noche. El humo se hizo más espeso, y los
dothrakis retrocedieron entre toses. Las llamaradas desplegaban sus estandartes
anaranjados en aquel viento infernal, los leños siseaban y crujían, y las brasas se alzaban
en el humo y flotaban hacia la oscuridad como luciérnagas recién nacidas. El calor batió
el aire con grandes alas rojas y los dothrakis retrocedieron aún más, incluso Mormont
dio un paso atrás, pero Dany no se movió. Era de la sangre del dragón, el fuego estaba
en su interior.
Dany dio un paso hacia el fuego, y se dio cuenta de que había presentido la verdad
desde hacía mucho tiempo, pero el brasero no había sido suficiente. Las llamas bailaban
ante ella como las mujeres que habían danzado el día de su boda, giraban, cantaban,
movían sus velos amarillos, naranjas y rojos, temibles pero hermosas, muy hermosas,
con la vida del calor. Dany les abrió los brazos, su piel se sonrojó, brilló.
«Esto también es una boda», pensó. Mirri Maz Duur ya no gritaba. La esposa de
dios la consideraba una niña, pero los niños crecen, y los niños aprenden.
Un paso más, y Dany sintió el calor de la arena en las plantas de los pies, incluso a
pesar de las sandalias. El sudor le corría por los muslos, entre los pechos, y se deslizaba
por sus mejillas, donde antes había habido lágrimas. Ser Jorah gritaba a su espalda, pero
ya no le importaba, lo único que importaba era el fuego. Las llamas eran hermosas, eran
lo más bello que había visto jamás, cada una de ellas parecía una hechicera con túnica
amarilla, naranja y roja, cada una con su capa de humo. Vio leones de fuego rojo, y
grandes serpientes amarillas, y unicornios de color azul pálido; vio peces, y zorros, y
monstruos, lobos y pájaros brillantes, y árboles en flor, cada uno más bello que el
anterior. Y vio un caballo, un gran semental gris de humo, sus crines eran un halo de
llama azulada.
«Sí, mi amor, mi sol y estrellas, sí, monta, cabalga ya.»
El chaleco empezaba a humear, de manera que Dany se lo quitó y lo dejó caer al
suelo. El cuero pintado ardió, mientras ella seguía avanzando hacia el fuego, con los
pechos desnudos iluminados por las llamas e hilillos de leche fluyendo de los pezones
rojos e hinchados.
«Ahora —se dijo—. Ahora.» Por un momento vio a Khal Drogo ante ella, a lomos
de su semental de humo, con un látigo de fuego en la mano. Él sonrió, y lo hizo restallar
siseante contra la pira.
Oyó un crujido, el sonido de la piedra al quebrarse. La plataforma de madera,
hierbas y hojas se estremeció y empezó a derrumbarse. Le cayeron encima brasas y
cenizas, como una lluvia. Y también algo más, algo que rodó hasta ella y fue a detenerse
a sus pies: un trozo de roca redondeada, color crema con vetas de oro, humeante. El
rugido llenó el mundo, pero, entre la lluvia de fuego, Dany alcanzó a oír los gritos
maravillados de mujeres y niños.
«Sólo la muerte puede pagar el precio de la vida.»